Mesa para uno
este sentimiento tan concreto. lo conozco bien porque siempre vuelvo a él, aquí. visualiza una playa en la que ha naufragado un barco petrolífero. visualiza el petróleo cubriéndolo todo: la arena, las gaviotas, el agua. ya entiendes lo que quiero decir. invasivo, pegajoso, pesado. oscuro. podría acabar con cualquier vida, si yo le dejara. visualizas el petróleo pero el petróleo se limpia, este sentimiento no.
invariablemente me encuentra sentada en una mesa que divide en dos mundos: uno visible a ojos de todos, otro que no. adivina quién ve los dos. una mesa con comida y bebida. una mesa en torno a la cual se reúne todo tipo de gente. una mesa en cualquier sitio del mundo, a cualquier hora. una mesa en la que todos sonríen pero adivina quién se está forzando a sonreír. una mesa en la que no estoy sola pero me siento sola. invariablemente la fuga se produce en una mesa que no es para uno, o no es para una. no termino de encontrar la mesa en la que no me encuentre.
he mentido: la primera fuga no se produjo en una mesa. la primera fuga se produjo en el suelo de mi habitación. pero no voy a hablar de la primera fuga, voy a hablar de la segunda, que también se produjo en el suelo de mi habitación. tengo diecinueve años y estoy tumbada mirando al techo. ahí está: noto un líquido viscoso y negro que de pronto brota de mi pecho y comienza a extenderse por él. llega a mis piernas y las neutraliza, me recorre los brazos hasta las manos, me sube por la garganta y se me instala en la cabeza. siento que floto, tumbada en el suelo de mi habitación mirando al techo. no es miedo lo que tengo de este líquido viscoso y negro, congela el tiempo y el espacio. no es miedo, solo estoy congelada, al margen del tiempo y del espacio. al margen del mundo. ¿qué pasaría si permaneciera aquí todo el tiempo que mi cuerpo me pide? eso sí me da miedo: me levanto y me voy a clase.
algunos meses después, sigo teniendo diecinueve años, el líquido viscoso y negro sigue en mi pecho, pero le he puesto toneladas de purpurina encima para que nadie lo vea. estoy de erasmus en una ciudad europea. llamo a mis padres desde el suelo de mi habitación nueva, les intento explicar pero no lo terminan de entender. se lo cuento a otras personas, les intento explicar, nadie lo termina de entender. se lo cuento a una persona que sí me entiende porque a él le ocurre lo mismo. él no lleva purpurina, tiene el cuerpo pringoso y mira a través de mi brillo de mentira y no se va. se me iluminan los ojos cuando hablo con él, su cuerpo pringoso a mí no me da miedo y me doy cuenta de que llevo meses y meses corriendo. noto que algo, él, me ha hecho un agujero en el pecho. el líquido se vierte fuera de mí, ahora puedo respirar mejor. las noches con él son largas, las madrugadas cortas, tengo diecinueve años y me creo invencible entonces dejo que se vaya. dejo que se vaya y al poco tiempo vuelvo a empezar a correr.
me paso la vida corriendo pero siempre me alcanza. le pongo más purpurina encima, le pongo toneladas y más toneladas de purpurina encima. a veces llegan y me cogen con ganas: ellos, los otros, los de fuera. tendríais que verlos, con los ojitos llenos de pura fascinación, porque soy así tan linda, recubierta con brillitos dorados. luego me ven de cerca, me ven el cuerpo tan pegajoso y tan oscuro, les posee un puro vértigo, me ponen muy deprisa en el suelo de vuelta sin ningún cuidado, y la fascinación que les llenaba los ojitos se esfuma de un plumazo y ahora es puro pánico, puro pánico. echan a correr despavoridos.
he estado luchando contra ello, es lo que quiero decir. he estado luchando contra su afán de neutralizarme las piernas, recorrerme los brazos, inundarme la garganta. congelar el tiempo. he estado empleando todas mis fuerzas en contenerlo, en escapar de él para no ver el pánico en más ojos, corriendo yo para que no corrieran ellos. pero las cosas bonitas y brillantes siempre se le despegan y es inútil correr porque lo llevo dentro. me he cansado así que me entrego.
en mi erasmus en una ciudad europea empecé a escribir un blog que nadie nunca leía. nadie nunca lo leía pero un día entré y alguien lo había leído, y no solo eso, sino que además había dejado un comentario en una entrada que decía así: “la aceptación”. nada más. pasé muchas horas dando vueltas a ese comentario porque no tenía ningún sentido, estaba inconexo del texto, inconexo del contexto. era un comentario anónimo y tampoco nunca respondí preguntando qué quería decir. tenía diecinueve años así que creí que la vida se resolvería sola, que yo no tenía que hacer nada y que algún día alguien aparecería y me daría todas las respuestas. tenía diecinueve años así que creí que todo se arreglaría.
tenía diecinueve años así que creí que había algo que arreglar.
a lo mejor lo que me da mucho miedo, lo que me hace llevar años corriendo, lo que más miedo me da, lo he tenido delante de mí desde hace un tiempo: la aceptación.
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